23 mar 2011 0
¡Qué raros son los japoneses!
Un terremoto, que provoca un maremoto, que provoca una peligrosa avería nuclear ¡y todavía nadie ha pedido la dimisión del Gobierno! Definitivamente los japoneses son gente rara: en lugar de lamentarse y pedir compensaciones a sus desgracias se han puesto a trabajar para rescontruir lo destruido.
Decenas de periodistas occidentales con el equipo al hombro se trasladaron al lugar de la tragedia. Buscaban cuerpos sin vida lacerados por la radiactividad, bandas asaltando los supermercados ya desvalijados y legiones de desamparado rebuscando entre las ruinas los restos de su patrimonio… Pero el mejor material informativo conseguido es el de gente con cara impasible que sin duda oculta la tristeza mientras que, dentro de lo posible, recuperan su vida normal. Si acaso, la única queja se centra, precisamente en el trato amarillista que los medios occidentales han dado a la catástrofe.
Sobrecoge la dimensión de la tragedia y sobrecoge la reacción de una sociedad que por idiosincrasia, por historia, por cultura, por lo que sea, es capaz de entender que tamaña desgracia solo puede ser afrontada con serenidad y solidaridad.
Cambiando de continente y de tragedia, los ataques terroristas a las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001 y al Metro de Londres el 7 de julio de 2005 provocaron un reflejo de unidad en las respectivas sociedades. A nadie se le ocurrió responsabilizar de los mismos a George Bush o a Tony Blair.
Va a resultar que norteamericanos y británicos también son raros porque no convierten un atentado terrorista en un elemento esencial de la disputa política o el accidente de un petrolero en un misil contra el Gobierno. Desde luego no es el caso de la sociedad española cuya vida se altera sustencialmente por un ataque terrorista o por el naufragio de un petrolero cuyos escapes inaundan la costa. Seguramente los raros somos nosotros.
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