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Jose María García-Hoz

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Artículos, reflexiones, cuentas y cuentos, conferencias y exabruptos de un veterano periodista.

Si Grecia (o España) quieren ayuda financiera, deben pagar con soberanía fiscal

La opinión pública alemana continúa rechazando que el dinero del contribuyente alemán salve a Grecia o a cualquier otro socio de la eurozona. En los pasillos de Bruselas se trabaja en  la formula salvamento financiero a cambio de soberanía fiscal. En España el primer paso se dió con la reforma de la Constitución, sin la que el Banco Central Europeo habría dejado de comprar bonos españoles.

Para casi todo el mundo, incluidos economistas solventes, está de acuerdo en que si la Europa del euro emitiera deuda pública conjunta, los eurobonos, la crisis financiera de los países del Sur, e Irlanda, podría solventarse. Tanta unanimidad choca con un obstáculo hasta ahora insalvable: los alemanes de la calle mandan un mensaje no menos unánime a sus políticos: no utilice el dinero del contribuyente germano  para pagar las francachelas griegas y de otras nacionalidades

Antes de tildar a los alemanes  de cabritos e hijos de su madre, piense por un  momento en lo que usted mismo haría si trabajara y pagara  impuestos en Alemania. En su cabeza estaría fija la imagen de los latinos como gente simpática, pero holgazana. Aunque no son ricos como los alemanes, tampoco son pobres de solemnidad y si gastan más de lo que producen no se debe a la necesidad, sino a la buena vida. Casi todos los españoles querrían ser como José Luis Rodríguez Zapatero: supervisor de nubes, tumbado en una hamaca.

Nos embarcamos –sigo con la reflexión de más de la mitad de los alemanes– en el barco del euro con esta partida de holgazanes,  porque prometieron que nunca se cambiarían de cubierta, si las circunstancias no lo permitían. Grecia engañó desde el principio –aunque tan culpable de la mentira es el que la dice como el que la acepta, sabiendo que es mentira–, Portugal lo hizo más tarde, Irlanda decidió que la mejor arma competitiva eran las rebajas fiscales –una manera como otra cualquiera de favorecer el déficit público– y España presentó cuentas ejemplares mientras se vendían 200.000 casas anuales a los extranjeros y 400.000 más a los nacionales; cuando estalló la burbuja inmobiliaria se demostró que el Estado,  las Autonomías y los Ayuntamientos habían tomado como permanente un nivel de gasto que en tiempos normales (y no digamos en tiempos malos) eran imposibles de financiar. De Italia solo puede decirse que en su receta caben todos los ingredientes de los demás.

A más a más, los alemanes no olvidan que la reunificación de su país exigió durante veinte años esfuerzos e inversiones, de las que la Unión Europea nunca quiso saber nada. Si ellos se sacaran sus castañas del fuego con su dinero, no hay razones para establecer nuevas reglas financieras en la Unión Europea que salven a los que se han hundido por méritos propios.

Por otra parte es verdad que si, de una u otra manera, el proyecto euro fracasa, Alemania se encontraría entre los países más perjudicados, pues si más de la mitad de las exportaciones alemanas van a mercado europeo, se debe en buena a que la moneda común  no sufre revaluaciones como antes el Deutsche Mark. Puede ser tan costoso financiar al vividor, como cerrar la taberna.

Y después de todas estas consideraciones, la pregunta que formula el común de la ciudadanía alemana a sus dirigentes proeuropeos es sencilla: ¿Quien nos garantiza que si ahora salvamos a Grecia, no tendremos que volver a salvarla dentro de unos pocos años? ¿Como sabemos que nuestro dinero no irá a pagar a los privilegiados funcionarios griegos, mientras que la deuda seguirá aumentando?.

Total: eurobonos sí, como piden los economistas, pero solo después de que los países implicados cedan nuevas herramientas de control y decisión a los organismos europeos, como sugieren los alemanes. Con otras palabras: ayuda financiera alemana, a cambio de cesión de soberanía de los manirrotos. La concreción de un cambio tan complicado taradará semanas, durante las que el BCE seguirá comprando bonos de España e Italia.

Grecia no es España, pero se parece a Martinsa-Fadesa

Aunque los jefes de gobierno europeos no lo hayan querido reconocer, el arreglo de Grecia no se diferencia en nada a una suspensión de pagos de una empresa española. El activo sin riesgo ha desaparecido.

En 2008 la inmobiliaria Martinsa-Fadesa, cotizada en Bolsa, suspendió pagos. 8.000 millones de euros en deudas, la convirtieron en la mayor suspensión de pagos de la historia de España. Parece que la empresa  está a punto de firmar un acuerdo con los acreedores que básicamente consiste en que estos se avienen a aplazar cinco años el cobro de sus deudas. Es exactamente la misma operación que los miembros de la eurozona han aprobado para Grecia: los bancos implicados se avienen a aplazar unos cuantos años el cobro de las emisiones griegas que vencen en este año y el próximo.

Si Fitch, una de las tres agencias de calificación de deuda, dice que lo de Grecia es una suspensión de pagos dice la verdad y si añade “encubierta” es porque las autoridades políticas y financieras europeas han convencido –como solo los gobiernos pueden convencer — a los bancos para que no acudan a los juzgados a presentar una demanda por impago, lo que sí ocurrió en la suspensión de Martinsa Fadesa y tantas otras inmobiliarias.

Y si Grecia ha suspendido pagos, aunque sea de forma original y oficiosa, ¿por qué no pueden suspender pagos otros países periféricos?.Hasta ahora todos los inversores entendían que la deuda emitida por cada uno de los  Estados integrados en la zona euro, por mal nombre deuda soberana, no tenían riesgo. Por eso es una novedad de primer orden el que la suspensión griega haya dejado claro que, contra lo que creía todo el mundo, pertenecer a la zona euro no es un seguro ilimitado de solvencia.

Para los inversores, el único activo sin riesgo es el bono alemán, mientras que los del resto de los países gozan de diferentes grados de seguridad de pago: desde Grecia que no tiene ninguna, hasta España cuya diferencia con el bund alemán lleva un par de semanas por encima del tres por ciento.

Esa diferencia y la incertidumbre sobre si habrá más suspensiones de pagos –al fin y al cabo, Martinsa Fadesa no fue la única insolvencia del sector inmobiliario– y sobre como se atacarán las próximas crisis financieras, lleva a la conclusión de que en este momento el funcionamiento del euro como moneda única es más o menos un cachondeo, que debe terminarse si no se quiere lo que se termine sea la zona euro.

 

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Sobre el autor

Madrileño de 1946. Empezó a trabajar como periodista en Barcelona, durante el otoño de 1966. A lo largo de su vida profesional ha tratado prácticamente todos los temas, salvo sucesos, pero siempre se ha encontrado más cómodo en el periodismo económico.

El 16 de septiembre de 2009 empezó este blog en lainformación.com. Después de 43 años de oficio, resulta casi obligada la experiencia de la Red.

Al margen de coyunturas más o menos duraderas, cree que la crisis de la prensa escrita en España se debe, sobre todo, a la renuncia de los medios a cubrir con dignidad su papel de servicio al público, al común de la ciudadanía, en lugar de a las oligarquías políticas, financieras o empresariales.

Sus referentes profesionales son Raymond Cartier, Indro Montanelli, Josep Pla, Manuel Chaves Nogales y tantos periodistas norteamericanos capaces de sacar la historia interesante y reveladora que hay detrás de cualquier suceso, por banal que este parezca. También hay extraordinarios periodistas españoles, muertos y vivos, pero su enumeración resultaría inevitablemente parcial.

Sus dos grandes decepciones profesionales han sido no escribir nunca para Time y para The Economist, así como la relación de grandes profesionales que se pasaron al otro lado de la barra. Cada uno toma las decisiones que le parecen más acertadas, pero sería bobo ignorar que el desfile de periodistas desde las redacciones hacia gabinetes de comunicación es otra de las causas de la mala prensa.

En 1970 casó con la mujer de sus sueños, han tenido nueve hijos y una partida de nietos. Es inmensamente feliz y le gustaría ser bueno, en el buen sentido de la palabra.