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Jose María García-Hoz

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Artículos, reflexiones, cuentas y cuentos, conferencias y exabruptos de un veterano periodista.

Suiza ya no es lo que era: este año volverán los capitales escondidos

2012 puede ser el año en que se aflore fiscalmente la mayor parte del dinero español oculto en Suiza

En el pronóstico de los sabios, este de 2012 será el año en que vuelvan muchos de los capitales españoles que hoy se ocultan en Suiza. ¿Razones del optimismo? Suiza ya no es lo que era: además de contar con los inevitables robos de supersecretos datos bancarios y su posterior venta a las autoridades fiscales de cualquier país, dentro de doce meses entrarán en vigor los acuerdos de transparencia bancaria suiza con Gran Bretaña y Alemania. Ya durante este 2012 y hasta el próximo 1 de enero, los bancos suizos comunicaran el destino del dinero en el caso de que se haya transferido a otro país.

Si Suiza ha perdido opacidad con los grandes –el acuerdo con Estados Unidos está vigente desde hace tiempo—no hay razón para que la mantenga con los que no son tan grandes y en cualquier momento se podría levantar el velo del secreto.

Oculto pero no sucio

A los fiscalistas les gusta aclarar que fondos opacos en el extranjero no es sinónimo de dinero ilícito, pues el origen del patrimonio de españoles que está en Suiza es diferente y en algunos casos razonable: desde el que se sacó en 1936 por razones evidentes, hasta las remesas que provocó el miedo político 1975, muerte de Franco, pasando, en 1982, por llegada del PSOE al poder. En la mayoría de estos casos, el patrimonio colocado en Suiza es dinero de origen legal que, sencillamente, se colocó fuera del alcance del fisco español.

Cosa distinta es el dinero evadido en los últimos 20 años, cuyo origen fundamental es el de los pelotazos y la corrupción inmobiliaria.

A favor del afloramiento fiscal, es que se puede hacer en condiciones económicamente soportables. Si, por ejemplo, se acredita que el patrimonio aflorado ya se poseía en ejercicios prescritos, es decir antes de 2006, bastará con regularizar la rentabilidad desde ese año, al tipo del 18-21 por ciento.

El coste de la regularización será mayor si no se puede probar que el dinero declarado es anterior a 2006, porque entonces se calificará de incremento de patrimonio no justificado, lo que incluye sanciones.

El secreto tiene un precio

Como estos años han sido financieramente penosos, los rendimientos habrán sido bajos y, por tanto, la factura fiscal, incluidos intereses y sanciones, tampoco resultará insoportable.

De hecho se supone que dadas las altas comisiones que cobra la banca suiza –el secreto tiene un precio—continuar manteniendo allí el dinero supondrá aguantar un continuada pérdida de capital. Además se sabe de casos de personas a las que falta liquidez en España, pero sí la tienen en Suiza y la única manera de utilizarla es la declaración complementaria.

En todo caso, que el dinero se regularice fiscalmente no implica la obligación de traerlo a España. La parte que vuelva ayudará, sin duda, a aumentar la actividad económica, pero dentro o fuera, ese dinero aumentará la recaudación fiscal futura.

La carta del Gobierno para animar al afloramiento es dar un plazo, por ejemplo este año, para hacerlo en las condiciones fiscales actuales, aprobadas por el PSOE, y a partir de 2013 implantar un régimen más duro.

Si Grecia (o España) quieren ayuda financiera, deben pagar con soberanía fiscal

La opinión pública alemana continúa rechazando que el dinero del contribuyente alemán salve a Grecia o a cualquier otro socio de la eurozona. En los pasillos de Bruselas se trabaja en  la formula salvamento financiero a cambio de soberanía fiscal. En España el primer paso se dió con la reforma de la Constitución, sin la que el Banco Central Europeo habría dejado de comprar bonos españoles.

Para casi todo el mundo, incluidos economistas solventes, está de acuerdo en que si la Europa del euro emitiera deuda pública conjunta, los eurobonos, la crisis financiera de los países del Sur, e Irlanda, podría solventarse. Tanta unanimidad choca con un obstáculo hasta ahora insalvable: los alemanes de la calle mandan un mensaje no menos unánime a sus políticos: no utilice el dinero del contribuyente germano  para pagar las francachelas griegas y de otras nacionalidades

Antes de tildar a los alemanes  de cabritos e hijos de su madre, piense por un  momento en lo que usted mismo haría si trabajara y pagara  impuestos en Alemania. En su cabeza estaría fija la imagen de los latinos como gente simpática, pero holgazana. Aunque no son ricos como los alemanes, tampoco son pobres de solemnidad y si gastan más de lo que producen no se debe a la necesidad, sino a la buena vida. Casi todos los españoles querrían ser como José Luis Rodríguez Zapatero: supervisor de nubes, tumbado en una hamaca.

Nos embarcamos –sigo con la reflexión de más de la mitad de los alemanes– en el barco del euro con esta partida de holgazanes,  porque prometieron que nunca se cambiarían de cubierta, si las circunstancias no lo permitían. Grecia engañó desde el principio –aunque tan culpable de la mentira es el que la dice como el que la acepta, sabiendo que es mentira–, Portugal lo hizo más tarde, Irlanda decidió que la mejor arma competitiva eran las rebajas fiscales –una manera como otra cualquiera de favorecer el déficit público– y España presentó cuentas ejemplares mientras se vendían 200.000 casas anuales a los extranjeros y 400.000 más a los nacionales; cuando estalló la burbuja inmobiliaria se demostró que el Estado,  las Autonomías y los Ayuntamientos habían tomado como permanente un nivel de gasto que en tiempos normales (y no digamos en tiempos malos) eran imposibles de financiar. De Italia solo puede decirse que en su receta caben todos los ingredientes de los demás.

A más a más, los alemanes no olvidan que la reunificación de su país exigió durante veinte años esfuerzos e inversiones, de las que la Unión Europea nunca quiso saber nada. Si ellos se sacaran sus castañas del fuego con su dinero, no hay razones para establecer nuevas reglas financieras en la Unión Europea que salven a los que se han hundido por méritos propios.

Por otra parte es verdad que si, de una u otra manera, el proyecto euro fracasa, Alemania se encontraría entre los países más perjudicados, pues si más de la mitad de las exportaciones alemanas van a mercado europeo, se debe en buena a que la moneda común  no sufre revaluaciones como antes el Deutsche Mark. Puede ser tan costoso financiar al vividor, como cerrar la taberna.

Y después de todas estas consideraciones, la pregunta que formula el común de la ciudadanía alemana a sus dirigentes proeuropeos es sencilla: ¿Quien nos garantiza que si ahora salvamos a Grecia, no tendremos que volver a salvarla dentro de unos pocos años? ¿Como sabemos que nuestro dinero no irá a pagar a los privilegiados funcionarios griegos, mientras que la deuda seguirá aumentando?.

Total: eurobonos sí, como piden los economistas, pero solo después de que los países implicados cedan nuevas herramientas de control y decisión a los organismos europeos, como sugieren los alemanes. Con otras palabras: ayuda financiera alemana, a cambio de cesión de soberanía de los manirrotos. La concreción de un cambio tan complicado taradará semanas, durante las que el BCE seguirá comprando bonos de España e Italia.

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Sobre el autor

Madrileño de 1946. Empezó a trabajar como periodista en Barcelona, durante el otoño de 1966. A lo largo de su vida profesional ha tratado prácticamente todos los temas, salvo sucesos, pero siempre se ha encontrado más cómodo en el periodismo económico.

El 16 de septiembre de 2009 empezó este blog en lainformación.com. Después de 43 años de oficio, resulta casi obligada la experiencia de la Red.

Al margen de coyunturas más o menos duraderas, cree que la crisis de la prensa escrita en España se debe, sobre todo, a la renuncia de los medios a cubrir con dignidad su papel de servicio al público, al común de la ciudadanía, en lugar de a las oligarquías políticas, financieras o empresariales.

Sus referentes profesionales son Raymond Cartier, Indro Montanelli, Josep Pla, Manuel Chaves Nogales y tantos periodistas norteamericanos capaces de sacar la historia interesante y reveladora que hay detrás de cualquier suceso, por banal que este parezca. También hay extraordinarios periodistas españoles, muertos y vivos, pero su enumeración resultaría inevitablemente parcial.

Sus dos grandes decepciones profesionales han sido no escribir nunca para Time y para The Economist, así como la relación de grandes profesionales que se pasaron al otro lado de la barra. Cada uno toma las decisiones que le parecen más acertadas, pero sería bobo ignorar que el desfile de periodistas desde las redacciones hacia gabinetes de comunicación es otra de las causas de la mala prensa.

En 1970 casó con la mujer de sus sueños, han tenido nueve hijos y una partida de nietos. Es inmensamente feliz y le gustaría ser bueno, en el buen sentido de la palabra.