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Jose María García-Hoz

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Artículos, reflexiones, cuentas y cuentos, conferencias y exabruptos de un veterano periodista.

La Ley Sinde, “amos” vete salmonete

El rechazo parlamentario de la llamada Ley Sinde es un nuevo síntoma del agotamiento moral y político en el que vive la sociedad española, a cuyos políticos les aterra el abordaje de unos cuantos cibernavegantes desocupados, mientras que no faltan defensores de la ley que ellos mismos vulneran en sus propias creaciones.

A estas alturas de la película nadie discute que la tecnología digital jugará un papel cada vez más importante en el desarrollo económico de una sociedad. Y tampoco nadie serio es capaz de discutir que el desarrollo de un sector, el digital o cualquier otro, necesita reglas de juego fijas sobre las que establecer un plan de negocio o un programa de inversiones. Esta falta de reglas fijas –acaba de entrar en vigor las decimotercera reforma del Código Penal, de leyes educativas más vale no hablar y solo recordar los bandazos de la política energética pone los pelos como escarpias– es una de las causas principales de los que podríamos llamar los males de la Patria: cambiar por cambiar, cambiar por ideología o, lo que es peor y más frecuente, cambiar las leyes por intereses personales, es fuente segura de retraso económico. No lo digo yo: el Banco Mundial y el World Economic Forum señalan cada año en sus respectivos informes que la estabilidad reguladora es una de las carencias del sistema español.

La Ley Sinde no supone cambiar las reglas del juego, sino de establecer unas reglas allí donde no las había. Y por lo que soy capaz de entender, lo único que se pretendía con el proyecto de ley rechazado era aplicar a los bienes inmateriales una protección adecuada y similar al que se brinda, por lo menos en teoría, a los bienes materiales como las casas o financieros. Robar dinero a otro, ya sea el capital o los intereses, está penado por ley, igual que ocupar o explotar propiedades sin permiso del legítimo propietario.

Pues de eso se trata: un libro, una película, un disco y hasta este modestísimo comentario deben estar protegidos igual que si fuera la participación en un fondo de inversión. Lo que está en España no es de los españoles y lo que está en la Red tampco es de los internautas. Escapa de mi capacidad opinar si el cierre de un sitio Web desde el que se comercia ilegalmente con contenidos es poca, suficiente o excesiva pena, pero ese es un tecnicismo que no afecta al fondo de la cuestión.

¿Por qué ha sido rechazado un proyecto tan necesario y lógico? Pues porque los políticos –en este caso del PP y otros partidos menores– padecen del virus del horror a la vida real (realis vitae horroris) y el riesgo de que unos cuantos navegantes por el ciberespacio puedan atacar o bloquear sus sitios corporativos o personales paraliza una decisión que favorecería un bien mayor.

No me quedaría a gusto sino incluyera una última parida.  Algunos de los creadores y artistas defensores de la Ley Sinde lo hacen porque así defienden sus habichuelas. Es legítimo. Pero se debe diagnosticar de esquizofrenia a esos mismos personajes cuando en territorios ajenos al propio defienden la ley de la selva, el todo vale y la trasgresión como princpio creativo. Llevadas las cosas a un ejemplo clarificador: se puede atracar un banco o robar en un hipermercado porque sus propietarios son explotadores, hay que perseguir al que se descargue una peli porque se ataca a los derechos de sus productores. Amos vete, salmonete

DOS COSAS SEGURAS DE INTERNET

En el rifi rafe organizado en torno a la propiedad/piratería de Internet solo veo dos cosas seguras. La primera: que el Gobierno y su aliada la SGAE han entrado en un tema del siglo XXI y siguientes, con las armas legales y jurídicas del siglo XX y anteriores.

Los planteamientos de la ministra González Sinde recuerdan inevitablemente a los de aquel ministro del Interior, José Luis Corcuera (¿o Corcuese?) que con el noble fin de luchar contra el terror y el delito organizado, presentó una ley que permitía a la policía entrar en las casas del personal sin orden judicial y con el expeditivo procedimiento de la patada en la puerta.

Por no hablar del canón digital: es como si al comprar un coche tuvieras que pagar un impuesto especial a cuenta de las infracciones de tráfico que ibas a cometer con el buga recien comprado.

La segunda cosa segura, en mi inculta opinión se entiende: que la propiedad intelectual debe ser respetada en la Red y fuera de ella. Desde que el hombre es un ser económico el derecho a la propiedad y el derecho a la herencia han sido los motores del crecimiento económico.

Adam Smith, al que algunos califican como el economista primigenio, escribió que cuando el carnicero vende cinco filetes a una madre de familia no es con la filantrópica intención de que los cinco hijos de esa buena madre estén bien alimentados, sino con la más prosaica de ganar un dinero con el que alimentar a sus propios hijos.

En este sentido, que España sea el primer país del mundo mundial en piratería en la Red produce una consecuencia tan decepcionante como que España es, igualmente, el socio de la Unión Europea donde las Red funciona a una velocidad más baja.

A más a más, si España fuera un país serio como China que se dedica a plagiar en plan a lo bestia programas informáticos, procedimientos industriales, marcas etc., etc.,  por lo menos junto al deshonor de ser unos ratero, tendríamos la ventaja de producir productos más baratos porque se había evitado el coste de investigación o, en su caso, de la patente.Hasta para piratear somos cutres, como aquellas películas en las que Vittorio Gassman era el jefe de un “gang” que no tenían ni pistola: música, películas… Cosas definitivamente baratas y sin mucho valor de producción.

Me contaron que los alemanes se ríen de los españoles porque usamos los teléfonos móviles para hablar, cuando en Alemania el gran desarrollo de la telefonía móvil no es el del marujeo del sms y cosas así, sino en aplicaciones industriales: una máquina que ordena a otra ponerse en marcha y esta a su vez a otras.

Desde luego no creo que si por fin el Gobierno establece un marcos serio y adecuado para las reglas de juego en la Red, los desarrollos españoles asombren al mundo, pero por lo menos el mundo no nos dejará en la cueva de los piratas.

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Sobre el autor

Madrileño de 1946. Empezó a trabajar como periodista en Barcelona, durante el otoño de 1966. A lo largo de su vida profesional ha tratado prácticamente todos los temas, salvo sucesos, pero siempre se ha encontrado más cómodo en el periodismo económico.

El 16 de septiembre de 2009 empezó este blog en lainformación.com. Después de 43 años de oficio, resulta casi obligada la experiencia de la Red.

Al margen de coyunturas más o menos duraderas, cree que la crisis de la prensa escrita en España se debe, sobre todo, a la renuncia de los medios a cubrir con dignidad su papel de servicio al público, al común de la ciudadanía, en lugar de a las oligarquías políticas, financieras o empresariales.

Sus referentes profesionales son Raymond Cartier, Indro Montanelli, Josep Pla, Manuel Chaves Nogales y tantos periodistas norteamericanos capaces de sacar la historia interesante y reveladora que hay detrás de cualquier suceso, por banal que este parezca. También hay extraordinarios periodistas españoles, muertos y vivos, pero su enumeración resultaría inevitablemente parcial.

Sus dos grandes decepciones profesionales han sido no escribir nunca para Time y para The Economist, así como la relación de grandes profesionales que se pasaron al otro lado de la barra. Cada uno toma las decisiones que le parecen más acertadas, pero sería bobo ignorar que el desfile de periodistas desde las redacciones hacia gabinetes de comunicación es otra de las causas de la mala prensa.

En 1970 casó con la mujer de sus sueños, han tenido nueve hijos y una partida de nietos. Es inmensamente feliz y le gustaría ser bueno, en el buen sentido de la palabra.