19 sep 2011 1
Si Grecia (o España) quieren ayuda financiera, deben pagar con soberanía fiscal
La opinión pública alemana continúa rechazando que el dinero del contribuyente alemán salve a Grecia o a cualquier otro socio de la eurozona. En los pasillos de Bruselas se trabaja en la formula salvamento financiero a cambio de soberanía fiscal. En España el primer paso se dió con la reforma de la Constitución, sin la que el Banco Central Europeo habría dejado de comprar bonos españoles.
Para casi todo el mundo, incluidos economistas solventes, está de acuerdo en que si la Europa del euro emitiera deuda pública conjunta, los eurobonos, la crisis financiera de los países del Sur, e Irlanda, podría solventarse. Tanta unanimidad choca con un obstáculo hasta ahora insalvable: los alemanes de la calle mandan un mensaje no menos unánime a sus políticos: no utilice el dinero del contribuyente germano para pagar las francachelas griegas y de otras nacionalidades
Antes de tildar a los alemanes de cabritos e hijos de su madre, piense por un momento en lo que usted mismo haría si trabajara y pagara impuestos en Alemania. En su cabeza estaría fija la imagen de los latinos como gente simpática, pero holgazana. Aunque no son ricos como los alemanes, tampoco son pobres de solemnidad y si gastan más de lo que producen no se debe a la necesidad, sino a la buena vida. Casi todos los españoles querrían ser como José Luis Rodríguez Zapatero: supervisor de nubes, tumbado en una hamaca.
Nos embarcamos –sigo con la reflexión de más de la mitad de los alemanes– en el barco del euro con esta partida de holgazanes, porque prometieron que nunca se cambiarían de cubierta, si las circunstancias no lo permitían. Grecia engañó desde el principio –aunque tan culpable de la mentira es el que la dice como el que la acepta, sabiendo que es mentira–, Portugal lo hizo más tarde, Irlanda decidió que la mejor arma competitiva eran las rebajas fiscales –una manera como otra cualquiera de favorecer el déficit público– y España presentó cuentas ejemplares mientras se vendían 200.000 casas anuales a los extranjeros y 400.000 más a los nacionales; cuando estalló la burbuja inmobiliaria se demostró que el Estado, las Autonomías y los Ayuntamientos habían tomado como permanente un nivel de gasto que en tiempos normales (y no digamos en tiempos malos) eran imposibles de financiar. De Italia solo puede decirse que en su receta caben todos los ingredientes de los demás.
A más a más, los alemanes no olvidan que la reunificación de su país exigió durante veinte años esfuerzos e inversiones, de las que la Unión Europea nunca quiso saber nada. Si ellos se sacaran sus castañas del fuego con su dinero, no hay razones para establecer nuevas reglas financieras en la Unión Europea que salven a los que se han hundido por méritos propios.
Por otra parte es verdad que si, de una u otra manera, el proyecto euro fracasa, Alemania se encontraría entre los países más perjudicados, pues si más de la mitad de las exportaciones alemanas van a mercado europeo, se debe en buena a que la moneda común no sufre revaluaciones como antes el Deutsche Mark. Puede ser tan costoso financiar al vividor, como cerrar la taberna.
Y después de todas estas consideraciones, la pregunta que formula el común de la ciudadanía alemana a sus dirigentes proeuropeos es sencilla: ¿Quien nos garantiza que si ahora salvamos a Grecia, no tendremos que volver a salvarla dentro de unos pocos años? ¿Como sabemos que nuestro dinero no irá a pagar a los privilegiados funcionarios griegos, mientras que la deuda seguirá aumentando?.
Total: eurobonos sí, como piden los economistas, pero solo después de que los países implicados cedan nuevas herramientas de control y decisión a los organismos europeos, como sugieren los alemanes. Con otras palabras: ayuda financiera alemana, a cambio de cesión de soberanía de los manirrotos. La concreción de un cambio tan complicado taradará semanas, durante las que el BCE seguirá comprando bonos de España e Italia.
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