3 ene 2011 2
25 de diciembre, AVE Madrid-Barcelona: ¡Qué bien caga mi nene!
Como el 99 por ciento de las veces, el AVE 28030 de Madrid a Bcn arrancó con puntualidad germánica. Se cumplía rutinariamente el protocolo, como cada jornada, pero el 25 de diciembre hubo una gran diferencia respecto a cualquier otro día del año.
El tren al completo, reventaba de niños de menos de cuatro años. Me preparé para lo peor, pero antes de llegar a Guadalajara y sin darme cuenta ya estaba disfrutando del espectáculo: las princesas y los guerreros recorrían incansables el pasillo en todos los sentidos. En el reducido escenario del tren, los locos bajitos desarrollan una creatividad explosiva en expresión corporal y verbal: se cuelan por espacios inverosímiles y sus reivindicaciones resultan a cual más imposible.
Pero lo más divertido era el espectáculo ofrecido por sus padres. Tampoco imaginé que en el AVE transportara semejantes volúmenes de paciencia y de cariño. El cagarrón soltado por un bebé con apenas dos años cumplidos, no era recibido con alegría –las madres son buenas pero no tontas–, pero sí con un orgullo indefinible del tipo: ¿te has quedado a gusto, corazón?. Los padres, punto y aparte: para que la criatura olvide el coscorrón que se ha dado le explica con paciencia las leyes de la física elemental, o del derecho que establece que por mucho que le guste a ella, la otra princesa tiene derecho a disfrutar de la pacífica posesión de la muñeca.
En Zaragoza hubo operación recambio y subieron tropas de refresco, pero la trama continuó en la misma línea argumental. Casi me dió pena que el tren llegara a Barcelona y el espectáculo terminara. Acababa de ver, en vivo y en directo, un despliegue de paciencia, cariño y amor ejecutado por unas decenas de jóvenes madres y padres que llevaban a sus hijos para que disfrutaran de sus abuelos, gastando dinero y comodidad.
No reivindico la utopía de que este tipo de relaciones paterno-filiales trasladen su comprensión del ajeno, su compromiso con el otro al conjunto de las relaciones sociales (aunque nos iría muy bien si así fuera), pero sí debe quedarnos a todos claro que en este tipo de gente, de madres y padres jóvenes, capaces de cualquier esfuerzo por educar y satisfacer a sus hijos está lo mejor de la sociedad y merecen todo el respeto y cualquier apoyo.
Ya se que ni todos los padres son así y que la paciencia es regla que en ocasiones se rompe, pero cada vez que veo un espectáculo de ese tipo –en verano en las playas suele haber muy buenas representaciones– pienso que no apoyar a la familia es tirar piedras sobre el propio tejado de todos.
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